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7 de julio de 2013

José Saramago nos contó en su blog.

LOS NIÑOS VESTIDOS DE NEGRO

Me contó una amiga querida- la pintora Sofía Gandarias- que hace algunos años, durante una visita de trabajo en Sri Lanka, antiguo Ceylán, se sorprendió al encontrar en las calles a grupos de niños vestidos con túnicas negras. No le pareció que se tratara de una señal distintiva de alguna casta o etnia particular, sobre todo
porque ningún adulto vestía de esa manera. De pregunta en pregunta, de indagación en indagación, acabó encontrando una explicación para las insólitas vestimentas. Las familias de esos niños habían sido convencidas para entregar sus hijos a militantes del islamismo en su versión violenta, la yijad, para que acabasen convirtiéndose en mártires de la revolución islamista o dicho con otras palabras, se pusieran un día un chaleco cargado de explosivos y fueran a hacerlos explosionar en un mercado, una discoteca, una estación de autobuses, en el sitio donde pudieran causar mas muertes. Ignoro si a esos padres y a esas madres les pagaron compensaciones materiales o si todo quedó en la promesa fácil de una entrada inmediata en el paraíso de Alá. No sé si aquellos niños de túnica negra todavía estarán a la espera de que les llegue su hora o si ya no pertenecen a este mundo. No sé nada y me voy a detener aquí. No es que me falten las palabras, es que me repugnan.

Del blog de José Saramago (1922-2010) Escritor portugués, periodista y miembro del Partido Comunista Portugués sufrió censura y persecución durante la dictadura de Salazar. Escéptico e intelectual mantuvo una postura ética y estética por encima de la política partidaria y se comprometió con el género humano. En 1998 recibió el premio Nobel de Literatura

5 de abril de 2013

Augusto Monterroso nos cuenta sus experiencias con la escolaridad.




Augusto Monterroso nació en Tegucigalpa, capital de Honduras en 1921, su residencia habitual fue en Mèxico, país al que se trasladó por motivos políticos. Murió el 7 de febrero del 2003.


 En este fragmento del libro Los buscadores de oro Monterroso describe sus más remotos recuerdos escolares con la misma sencillez en el discurso que lo haría un niño.
(...) La escuela nunca me gustó y siempre la rechacé. Mis escasas experiencias vitales me habían hecho demasiado tímido como para enfrentar día a día sin angustia los problemas que cada mañana traía consigo, ya fuera en los salones de clase como en los recreos. La aritmética,la geografía, la botánica presentaban todos los días dificultades que había que vencer por orgullo o por vergüenza, pero nunca por placer o con gusto; las multiplicaciones de quebrados (las divisiones de quebrados pasaron muy pronto a ser algo absolutamente fuera de este mundo); el dibujo de un mapa de centroamérica con el trazado de sus sinuosas líneas divisorias, que por supuesto en mi cartulina no coincidían nunca, ni de manera remota, con las del reluciente original colgado en la pared que nos servía de modelo; o el de las montañas, los lagos y los ríos que había que colorear con crayones verdes o azules; distinguir una planta fanerógama de una criptógama y hacer las descripciones de las flores con sus corolas, estambres y pistilos; en fin, todo lo que hubiera que aprender por fuerza, constituía un cúmulo de signos amenazadores que se revolvían en mi mente cuando me dirigía a la escuela.(...) sin mucho esfuerzo saco también del almacén de mi memoria otros momentos de suplicio que solo variaban de forma o de lugar: una clase de agricultura práctica, e la que había que trabajar en arriates con toda suerte de instrumentos: azadones,almádenas, rastrillos, palas, barras, bieldos, alicates, martillos...(...) regar con regadera de mano una tierra removida con azadón por uno mismo, en la que se veía retorcerse desesperados a los gusano y a las lombrices y de la que se salía con los zapatos cubiertos de lodo (eso estaba bien); los coscorrones del profesor por hacer todo esto mal y a regañadientes; el sol riguroso cayendo directamente sobre la cabeza descubierta en los calurosos días de verano...(...) como compensación de los dolores descritos antes se hallaban las clases de música...
Fuente: Los buscadores de oro. 1993-Augusto Monterroso. Alfaguara Literaturas. Cap.XI-XII